domingo, 22 de septiembre de 2013

Y cuando llega el otoño



Y cuando llega el otoño, y se acaban las lluvias (ojalá), y cambian de color las hojas, y empiezan a emigrar las golondrinas, y se va metiendo mas temprano el sol, y llega el viento del norte y se caen las hojas, y se antoja el chocolate caliente, y empezamos a planear el día de muertos, y sentimos que el año se nos va más rápido que de costumbre, y sacamos las pañoletas, y guardamos las sandalias, y esperamos con ansias las lunas grandototas, con el gato acurrucado en el tapete.
Cuando llega el otoño y su nostalgia; cuando llega el otoño y nos sorprende... es tiempo de hacer pausa, de revisar las metas y las prioridades, de organizar el escritorio, los cajones y la mente, de caminar sin prisa pero con más propósito, de hacer espacio para disfrutar el último tercio del año mientras marcamos con una palomita cada objetivo cumplido, es tiempo de mirar lo que hemos hecho y cosechar con regocijo, de compartir con alegría; es tiempo de revisar el directorio telefónico y llamar a los amigos que no hemos visto en todo el año, de abrir la puerta al reencuentro para ponernos al día.
Es tiempo de reunirse, en los dos sentidos de la palabra: reunirse con los quereres antes de que se nos vaya el año y de re unirse, como en unirse de nuevo, con nuestros anhelos que eran tan vívidos cuando fueron concebidos, hace nueve meses. ¿Ya nacieron? A celebrarlo. ¿Aún no? Este es el momento de dar los pasos que siguen.

¡Bienvenido el otoño! Época perfecta para reencontrarse con los sueños.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Aquí viviendo... mi sueño.

Este blog ya merece una entrada nueva. Tiene casi un año de mi última reflexión aquí compartida. Pero tengo una buena razón para este abandono temporal: dediqué todo este tiempo a concretar un sueño por varios años anhelado. Hoy, finalmente, les puedo compartir con muchísima emoción que publiqué mi primer libro, Lecciones para Volar.

No voy a hacer aquí una reseña; esa pueden encontrarla en la página que abrí para darlo a conocer, en Facebook, que la adjunto al calce. Lo que quiero hacer ahora es dejar en esta entrada lo que siento en este momento de realización profesional, aquí viviendo.

Escribir un libro; publicar un libro. Este era un sueño concretito y claro desde hacía quince años. En ese tiempo, con mi flamante título de licenciada en relaciones internacionales, me sentía con la vocación perdida. Vivía en Japón, donde Bernardo, mi esposo en ese tiempo, estudiaba su maestría. Yo trabajaba como becaria en la Embajada de México, hacía traducciones para complementar mi ingreso y estaba a punto de tomar por los cuernos una oportunidad que cambiaría el rumbo de mi carrera: en uno de esos inexplicables vericuetos de la vida, me convertiría en corresponsal de CNN en Español, en Tokio.

Al mismo tiempo, vi un anuncio en el periódico que ofrecía un taller de fin de semana para encontrar tu misión de vida, para renovar tu vocación y descubrir tus talentos. Se llamaba "Life Path" (Camino de vida). Ese par de días me revelaron lo que habría podido ser obvio pero que yo no había descubierto: mi vocación era escribir; mi objetivo escribir un libro en los siguientes cinco años. No sucedió así; a lo largo de los siguientes quince años escribí mucho, cada vez más; hice revistas, publiqué en periódicos, me volví bloguera compulsiva y escribana de cartas de amor por encargo. Una época escribí mucha poesía y comencé a coleccionar proyectos para libros.

Hoy, tres veces más tarde de lo que había planeado, por fin lo logré. Y me siento muy feliz y satisfecha. Tuvieron que ocurrir muchas cosas en mi vida; cosas que me cambiaron, que transformaron una y otra vez mi forma de ver el mundo; pérdidas desgarradoras y ganancias invaluables. Tuve que reinventarme más de una vez y encontrar, muy poco a poco, quien era ésta que tomaba la pluma (o el teclado) y se derramaba a sí misma en la hoja para encontrarle sentido a la vida.

Mi libro ya no es un sueño; ya ni siquiera es un proyecto; ya ni siquiera es MI libro, ya es de muchos. Está en manos de al menos mil quinientas personas, según me informaron hace un par de días en la editorial; así que se ha vuelto una pertenencia colectiva. Y la sensación es increíble. Tenerlo entre mis manos terminado me daba la sensación de estar sosteniendo un tesoro. Ahora, es como si ese tesoro se hubiera partido en cientos de pedacitos y al mismo tiempo se hubiera multiplicado milagrosamente, como el pan, para volverse un tesoro para cada uno de los corazones que se de permiso de abrirse para recibir todo lo que ahí puse para cada persona que lo leyera. Siento gratitud; me siento privilegiada al poder dar de esta forma lo que soy, lo que siento y pienso, lo que anhelo.

Muchas gracias por acompañarme en el camino, haya sido todo el recorrido, un tramito, unos pasos o apenas el encuentro que nos están permitiendo estas palabras que lees.

Fanpage de Lecciones para volar: https://www.facebook.com/leccionesparavolar?ref=hl

viernes, 9 de noviembre de 2012

Besos que dejan en paz



El beso azul, de María Amaral, fue tomado de este blog.


Con un guiño para Victor y sus frases provocativas

¿Qué es un beso? Dice el diccionario de la RAE en una de sus definiciones que es el "golpe que se dan las cosas cuando se tropiezan unas con otras". De verdad, no lo estoy inventando, eso dice.  Y yo que andaba buscando inspiración para darle continuidad a la enigmática frase de mi amigo Victor: "...esos besos que dejan en paz". 

Me quedé preguntándome, ¿de verdad hay besos que dejan en paz? Cuando pienso en besos se me inquieta la piel de alguna forma: de deseo, de ternura, de gozo, de amor, de cariño o incluso de repulsión. Pero no precisamente de paz. Sólo hay una imagen que me viene a la mente cuando trato de relacionar besos y paz. El beso que le doy a mis hijos antes de irme a dormir, cuando ellos ya están en su quinto sueño y respiran tranquilos, confiados, sin ningún dolor ni preocupación. No puedo irme a la cama sin ese ritual. Y cuando no están en casa, lo hago con la mente y sí, me llena de paz.

Y no es lo mismo que un beso de las buenas noches. Ese suele ser un beso un poco más apresurado: ¡a dormir que mañana madrugamos! Es un beso que tiene la función de un punto final para el día; en el caso de Renato, el más pequeño, es también un intento de pase mágico para encontrar el botón de pausa del inquieto chiquillo que me pone de cabeza todo el día. Pretende ser sedante sin lograrlo, se vuelve divertido con sus risas que me indican que se resiste al silencio, pero él comprende que por esa noche el show se da por terminado. En el caso de Sabina, cada vez más lejos de la niñez y más cerca de sus propios caminos, es un momento atemporal, en donde puedo ser su mamá y ella mi chiquita, aunque ya casi me alcance en estatura. Es una ventana de permiso para mi de apapacharla, de permiso para ella de dejarse apapachar. 

Y luego están los besos de bienvenida, eufóricos y alegres; los de despedida, nostálgicos, tristes o cansados. Los besos enamorados... no, definitivamente no dejan en paz. Los besos habituales, de pasadita o mecánicos o casi sin notarlos, no es paz lo que dejan, cuando mucho indiferencia.

Pues no encuentro muchos ejemplos de "esos besos que dejan en paz", pero como la curiosidad mató al gato (y no lo mató muy en paz pero sí muy entretenido), seguiré experimentando con aquello de "golpear" mis labios "al tropezarme", capaz que descubro más de ese tipo de besos. 


viernes, 10 de febrero de 2012

No me haces feliz, no me haces triste.



¿Que si soy más infeliz desde que me divorcié? Fue una pregunta que hizo hace poco una niñita a la que amo con todo mi corazón. Y me dejó pensando.

Después de una noche dándole vueltas al asunto llegué a una respuesta que me resonó como genuina. Una cosa no tiene nada que ver con la otra, aunque ni siquiera yo me hubiera dado cuenta. Mi felicidad y mi tristeza son mías, provienen de mi interior, están conmigo cuando despierto y cuando me gana el sueño; me las llevo de viaje cuando me agarra el espíritu aventurero y camino por el mundo para empaparme de él; también me las llevo conmigo cuando, inútilmente, quiero huir de ellas y convertirme en ermitaña en el rincón más alejado del mundo. Ya me pertenecían cuando me enamoré de su papá; venían bordadas en el velo de novia que se puso mi corazón cuando nos casamos; me acompañaron las dos décadas que duró nuestra historia de pareja, y para cuando nos divorciamos seguían ahí, inamovibles. A algunos años de distancia, cuando me asomó para ver si todavía están conmigo me doy cuenta que sí. No las he perdido y lo más probable es que no las pierda en mi tiempo de vida. Su origen soy yo, su fuente de existencia está en mi mente, y lo que suecede afuera de mi, es apenas una brisa que pasaba por ahí cuando la avalancha de emociones estaba ya por desprenderse, montaña abajo, por mi vida. Y sí, la brisa debe sentirse muy poderosa cuando, al pasar, mira "lo que provocó", pero no sabe que no fue ella quien provocó la avalancha, que su paso por ahí fue sólo una coincidencia, sólo eso.

De manera que no, mi niña. No soy más feliz ni me siento más triste porque me divorcié. A veces me siento triste porque olvido que siempre puedo optar por ser feliz. Gracias por recordármelo.

lunes, 23 de enero de 2012

El año del dragón: una ola en el tiempo.

Inicia hoy, de acuerdo al calendario chino, el año del Dragón de Agua. Y me llamó la atención porque hace 12 años, cuando nació mi hija, también era un año del Dragón. Celebrábamos la entrada del nuevo siglo y había un ambiente enrarecido por infinidad de voces anunciando el fin del mundo, la inminente caída de los sistemas informáticos a nivel internacional y, en el mejor de los casos, un gran caos generalizado. Nada de eso ocurrió.

A nivel personal podría decir que la profecía atinó en una cosa: el caos. No obstante, fue un caos asociado a la vida, no a la muerte. El mundo comenzó para Sabina, y no volvió a ser el mismo para mi. Desde entonces no respiro igual, no duermo igual, no pienso igual ni tomo decisiones igual. Soy otra en más de un sentido, y mi hija existe cuando antes no podía ni imaginarla. Terminó una etapa de mi vida, comenzó otra. Y así es la vida, ¿no es cierto? Una sucesión infinita de comienzos y finales: cada segundo termina, cada minuto, cada hora, cada día... Cada mañana termina, cada noche comienza, cada sueño, cada proyecto, cada amor, cada vida.

La vida es un aliento entrelazado con el que sigue, como formando un collar de instantes respirados, una cadena de momentos, paisajes, aromas, relaciones, sabores, caricias, conversaciones, parpadeos, pasos, movimiento, quietud. Un latido, un arrullo de estrellas y de rayos de sol, un oleaje de tiempo.

Hoy, después de doce años, el año del dragón vuelve a tomar aliento, tras una pausa de 148 lunas, renace. Comienza un nuevo ciclo a terminarse nuevamente... continuemos.

viernes, 30 de diciembre de 2011

Una vuelta más al sol


31 de diciembre de 2011


Queenstown Gardens

Ultima comida del año, un pescado a las brasas y una ensalada verde, una copa de vino neozelandés, Sauvignon Blanc, 2009 (por si alguna vez me dador ser conocedora) de una conocida región vinícola en este país, Marlborough, sentada conmigo misma en una banca de madera pintada de rojo a la sombra de una frondosa araucaria.

Mi día 365 del año 2011 ha sido un día de ir al ritmo del viento que hoy sopla suavemente desde las hermosas montañas Remarkables.* En el cielo limpio de nubes vuelan a la misma altura aves blancas y paragliders multicolores. En el lago azul y frío nadan los más atrevidos, al lado de familias de patos; otros, los miramos desde el parque, desde la playa o desde la ladera de las montañas igualmente fascinados por el paisaje que por la alegría que proviene de saltar juguetonamente a las aguas de la Bahía de Queenstown.

Por la tarde subiré en el teleférico (góndola le llaman aquí) hasta la cima del Coronet Peak. Veré el atardecer sobre el Lago Wakatipu, para después bajar la montaña en una avalancha de tres ruedas ¡a toda velocidad! Más tarde iré a buscar a Caroline, una escocesa que vino de vacaciones a Queenstown y no se ha ido desde hace cinco años. Iremos al malecón a ver la puesta de sol, a las 9.30 pm y más tarde veremos los fuegos artificiales por el fin de año, antes de brindar por los sueños que vamos a estrenar en el ciclo que está por comenzar.

Mi idea inicial era encontrar un espacio de silencio; pasar el año nuevo disfrutando del apacible paisaje. Pero, por supuesto, lo apacible de NZ se acabó en este pueblo que se autoproclama la capital mundial del deporte extremo. Así que mejor me pongo a tono y celebro el fin de año al más puro estilo kiwi. ¡De fiesta! Se trataba de fluir, ¿no?.

El silencio vendrá mañana, cuando vaya finalmente las fiordos. Me espera una excursión de todo el día a lo que Kipling llamó la octava maravilla del mundo. Pero de eso escribiré mañana, cuando lo haya visto.

Hoy pensaba que es verdad: la mejor forma de hacer feliz a aquellos a quienes amas, es siendo feliz tú genuinamente. Llenando tu vida y tu mente de ese tipo de felicidad sostenible que no depende de nadie ni de nada, más que de tu propia decisión. Y esa es quizás una de las muestras mas fehacientes de nuestra irrevocable libertad interior... Tengo unas cuantas horas para terminar de pensarlo, pero será sobre este pensamiento que verse mi palabra-faro para este año. Coming soon!

Mientras tanto te deseo un fin de año lleno de paz en tu corazón y un comienzo del 2012 cargado de los aprendizajes de los últimos doce meses, de sueños nuevos para aderezar tu vida, y con las ganas bien puestas de renovar el compromiso que tienes contigo para ser feliz.

lunes, 26 de diciembre de 2011

Ser viento

¡Volar fue increíble! Lanzarse al vacio corriendo a toda velocidad desde el Pico de Coronet a 1646 metros de altura tratando de no mirar hacia abajo; admirar la vastedad del bosque desde arriba, las copas de los árboles en forma de abanicos redondos, el filo de las laderas alzándose hacia el cielo, la amplitud del valle de Queenstown, el lago Wakatipu a lo lejos y la Bahía de Queenstown al alcance de la mano; dejarse hipnotizar por el añil de la cordillera de los Remarkables, bellísimas montañas que en el invierno sirven como base para ski, o simplemente sentir el vértigo al disminuir la altura en picada o al montarse sobre una corriente de aire que te alborota el cabello, es algo que hay que vivir... Es como convertirse de pronto en águila y surcar el cielo como si fuera propio, es como estar soñando olvidándose del papalote gigante que te sostiene en el aire, es casi como no tener cuerpo, como ser viento o nube o polvo liberado, es libertad y arrobo, gozo, éxtasis. Hay que volar para seguir volando cuando volvemos a poner los pies sobre la tierra. Ya estoy aquí, escribiendo, y aun me siento cielo.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Como ayer


Alguien toca el piano suavemente dándole un aire aún más acogedor a este hostal para jóvenes en un ignorado pueblito camino al glaciar de Franz Josef, en la isla sur de Nueza Zelanda. La gente de Greymouth me recibió con tal calidez que tengo ganas de quedarme más tiempo del que me permite el itinerario que planée para poder recorrer la isla antes de regresar a su punta mas al sur y tomar el avión de vuelta a Melbourne. El hostal me evocó Tailandia o Indonesia trayendo a mi memoria recuerdos imborrables de otros tiempos. Estoy rodeada de gente tan joven como lo era yo en esos otros tiempos... Salvo podrian ser mis hijos!)
Todos se mueven con gran naturalidad de sus dormitorios compartidos a la cocina, a la lavandería, al jardín trasero para montaras en una bici y salir a explorar la playa cercana; cambian del inglés a su lengua materna y de regreso una y otra vez, comparten comida, recetas, tips de viaje y direcciones de correo constantemente, y cuando se van no se despiden. Saben que se volverán a encontrar en el camino.
Cómo he disfrutado este ambiente desenfadado en el Global Village Hostel. También yo me puse el casco obligatorio y salí a pedalear hasta el punto desde donde me dijeron que podría ver el Monte Cook. Primer intento infructuoso: demasiado nublado. Me senté a contemplar a mi viejo amigo, el mar, mirando fijamente el horizonte por si las caprichosas nubes decidían seguir su camino y me dejaban asomarme a ver el pico más alto de esta tierra de playas, volcanes, lagos y rarísima fauna.
Cuando volvía al hostal, haciendo equilibrio con mi bolsita de súper para la cena, volvió a salir el sol... Escurridizo Cook, ya lo veré mañana. Por ahora dejo el teclado y voy a la cocina porque alguien está horneando pan y ¡huele delicioso!
P.D. Mañana es Navidad... Ni se nota.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Cuatro horas y media



Para observar, sentir y sentirme.
Para ver una ciudad viva, cálida, invitante. El centro me golpeó la vista con los rascacielos de siempre, con las mismas marcas y muchedumbres. Pero en cinco minutos mis pasos encontraron el mar y el viento, y la brisa acariciante. ¡Me encanta el mar! Tengo un eterno romance con él y en ésta, la Ciudad de las Velas y de los amantes, me vuelve a seducir.
Cuatro horas y media para rendirme a la primera de mis incongruencias: un charm de Pandora representativo de NZ, una pluma de ave.
Cuatro horas y media para consentirme con una comida de primera en el Ferry Building. Justo frente a la bahía, en una mesa para dos mirando al mar, disfruto bocado a bocado platillos que normalmente no elijo, pero que esta vez pedí por recomendación del Chef, para probar: vino blanco neozelandés y pescado exquisitamente preparado con unas hierbas que parecen berros y tréboles. Delicioso. Creo que también tengo un eterno romance con la buena comida, una de mis principales motivaciones para viajar.
Cuatro horas y media para mirarlos, relajados, desenfadados y preguntarme ¿Cómo sería haber nacido en un país tan remoto, en el que todo está cerca del mar y de la montaña, en donde se tiene la sensación de ser un mundo aparte, alejado de las tribulaciones del resto del planeta (salvo las ecológicas y los desastres naturales).
Cuatro horas y media para pecar dulcemente con el postre.
Cuatro horas y media para dejarme fluir en este sentimiento de "Enjoying myself".

¡Aoteaora a la vista!



Al igual que el gran navegante Kupe, hace unos tres mil años, hoy yo descubrí Aoteaora, hoy conocida como Nueva Zelanda, pero desde la ventanilla de mi avión, en un luminoso medio día. Y al igual que su esposa, Kuramarotini, lo primero que vi a lo lejos fue un montón de nubes blancas amontonadas sobre lo que parecia una enorme isla solitaria en el extenso Mar del Sur. Yo no grité, como hizo Kuramarotini, quien al verla exclamó sorprendida "Aoteaora" (larga nube blanca, en lengua maori), pero me quedé maravillada viéndo cómo iba tomando forma esa bellísima isla tapizada de verde y salpicada de bahías y de lagos, conforme descendíamos a sus 25m sobre el nivel del mar.

Aterricé en Auckland, la ciudad más importante de Nueva Zelanda después de Wellington, su capital. Mi parada aquí se debió a una falta total de planeación. Tenia la impresión de que las distancias en NZ serian cortas y que doce días serian suficientes para visitar las islas del norte y del sur. Tan pronto me senté, en Melbourne, con una asesora de viaje me di cuenta de mi error. "Necesitarías unas tres semanas para visitar los puntos mas representativos de las dos islas". Así que opté por obviar el Norte y concentrarme en el Sur (siempre el sur :)

Compré un boleto de avión de Auckland a Christchurch, y en las 4 horas y media de escala me escapé del aeropuerto dispuesta a comer junto a la bahía y darme una idea de la Ciudad.

Ahora vuelo rumbo a Christchurch, veo por la ventana un hermoso crepúsculo sobre un amplísimo horizonte circular enmarcando el inmenso mar y a lo lejos los primeros rastros de tierra firme. Arriba, un cielo aún claro me presume su primera estrella. Y yo, le guiño el ojo y no le pido un deseo. Como ha sido desde que comencé este viaje, dejaré que mis sueños más olvidados me sorprendan volviéndose deseos cumplidos.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Ojo de agua




Parecía una pupila omnipresente, un sol en pleno parpadeo, una rara joya preciosa de incalculable valor, una gota de agua vuelta terciopelo, y como un hoyo negro a cuya fuerza gravitacional nada puede resistirse, me atrapó desde el primer instante. Como hipnotizada lo miré durante minutos enteros sintiendo algo removerse en mi pecho, una emoción que no sabía bien de dónde me venía ni atinaba a decir si se parecía más a la felicidad o a la tristeza. Pero lloraba, sin motivo aparente ni asequible a mi entendimiento. Sentía los ojos inundados y las lágrimas brotando sin la menor consideración a mi pudor en medio de la galería. “Eso pasa cuando la gente se conecta”, escuché decir a alguien a mis espaldas con la mayor naturalidad del mundo. Era Yarra, el artista aborigen dueño de la galería, promotor del joven autor de la obra que me robó el alma, Waterhole. “Sin agua no existe nada”, comenzó a explicarme. "Este círculo representa un ojo de agua, lo más importante para la cultura aborigen que sobrevive en el desierto. Familias enteras se sientan alrededor de esta fuente de vida y celebran su existencia, para caminar todavía más por el desierto hasta encontrar algún otro. Estos rayos a su alrededor representan el camino, el camino de la vida.”
Y aquí estoy, con un cilindro de cartón protegiendo la hermosísima obra que forma parte de la cultura del Dreamtime, deleitándome pensando dónde la voy a poner y recordando que tener una obra de arte como estas era un sueño olvidado hace más de 15 años que hoy, aquí, se materializó de forma mágica para mi.
Tenía días librando una batalla interna, y hoy Yarra me lo recordó: tenemos que agradecerles a esas batallas porque nos están haciendo más fuertes, más libres, más completos. Voy a volver para escucharlo. Me ofreció compartirme lo que sabe sobre filosofía aborigen, y a mi me dio un vuelco el corazón… Iré de nuevo mañana.

jueves, 15 de diciembre de 2011

Mirar lejos


A menudo cuando viajo, cuando simplemente salgo de mi pueblo (qué lindo suena eso de "mi pueblo"), me asombra poder mirar lejos. Y no hablo sólo de esta sensación de libertad que me provocan los horizontes amplios de las carreteras, o los valles infinitos que se ven desde lo alto de las montañas. Hablo también de lo lejos que se mira cuando te asomas a ojos normalmente lejanos, poseedores de miradas que nos son ajenas y nos abren universos nuevos.
Viajé a Australia en busca de la mirada de las mujeres aborígenes... no he tenido aún oportunidad de compartir con ninguna de ellas, y mi único acercamiento ha sido a través de la hermosa exposición sobre su cultura en el Museo Australiano de Sydney. Pero me ha sorprendido sobremanera encontrarme con las miradas de una enorme diversidad de mujeres que conforman este país mosaico. Las chinas de mirada baja, las vietnamitas que miran y confrontan; los ojos inmensos y dulces de las indias, las miradas azules y abiertas de las australianas de origen británico, y las miradas profundas y poderosas de las aborigenes. Cada uno de estos caminos que encuentro en esos ojos, me muestran una Australia diferente, distintas maneras de vivir un país generoso en el que logran convivir tantas culturas.
No es difícil sentirse en casa aquí; no es fácil decir quién es de aquí, quién está de paso, quién acaba de llegar. Sólo nos distinguimos los turistas con nuestro mapa en la mano, nuestra cámara trabajando a marchas forzadas y nuestra expresión de asombro frente a la Opera o frente a los murciélagos gigantes volando sobre nuestras cabezas en el parque. Pero hay familias de todos los rincones del planeta viviendo y conviviendo en este lejano continente que parece un paraíso gigantesco.
Hoy es nuestro último día en Sydney. Bromeamos con que ya nos sentimos Sydneños ahora que ya no nos perdemos para llegar a nuestro departamento, ahora que le entendimos al tren y que hasta metimos los pies al agua helada de la playa más cercana. Realmente ha sido una estancia interesante que combina los paisajes urbanos, con el mar, con el bosque (the bush!). Desde nuestro cuarto piso tenemos vistas lejanas de la ciudad; desde nuestros ojos llenos de asombro miramos más lejos aún: hasta las profundidades de los que somos, de lo que no somos, y de todo lo que tenemos en común con quienes caminan cotidianamente este lado del mundo en el que hoy nosotros vamos con el mapa en la mano y el corazón abierto.

domingo, 11 de diciembre de 2011

Primeros días en Sydney: adaptarse

Sydney, Australia (Lilyán de la Vega)





Tembló en México. Se movieron las paredes y se removieron los recuedos. Acá nos enteramos de inmediato, vía Facebook. Se comparte lo gozoso, lo importante y lo irrelevante en tiempo real: siglo XXI.
Estamos en el quinto continente. Incrédulos y aún algo desorientados por el viaje al futuro. Estrenamos los días 17 horas antes de lo que solíamos hacerlo hace 6 días (¿ó 5? Creo que perdimos uno en el camino). El vuelo fue larguísimo, pero entre la carga de adrenalina y el cansancio, los niños durmieron mucho más de lo que me esperaba, y cuando les dije que faltaban sólo dos horas para aterrizar, ¡no lo creían! No cabe duda, ellos se apegan mejor al tratado de paz consigo mismos de lo que lo hacemos los adultos.


Anoche, por ejemplo, fuimos al brindis de Navidad de mi amiga Rebecca, un departamento a la orilla de la bahía, con una espectacular vista a la luna llena y al mar. Yo me tuve que arrancar a mi misma de la ventana que me ofrecía semejante paisaje, para integrarme al resto de los invitados y tratar de comprender la conversación. Entre el acento australiano y la política local de la que ya no sé nada, me sentía descolocada. Mientras tanto, los niños pasaban las charolas con botana en su perfecto idioma propio: una mezcla de español, de mímica y de palabras sueltas en perfecto inglés americano. Todos se despidieron de ellos al partir. Yo me despedí de los anfitriones y de 3 ó 4 personas más. Nunca me gustaron las multitudes, creo que ahora me gustan menos...
No vimos el eclipse, no tembló. Disfrutamos el silencio del mar nocturno y la luz de luna trazando un sendero seguro hacia el puerto. ¡Qué deleite vivir en una ciudad en la que las posibilidades de transporte incluyen el Ferry!

sábado, 3 de diciembre de 2011

Viaja viajando. Quédate quedándote.

He viajado sin viajar, y me he quedado sin quedarme.

Recuerdo haber tenido esa epifanía cuando, sentada en el camarote de un crucero, mi mirada que andaba perdida no sé dónde, se topó de pronto con una tortuga laúd flotando junto al enorme barco, su cabeza hacia arriba (puedo jurar que nuestras miradas se cruzaron). A su lado, una cubeta de pintura vacía, vergonzoso vestigio de nuestra inconciente civilización, flotaba extraviada en altamar. Fue doloroso darme cuenta de que llevaba una hora recorriendo millas náuticas sin moverme de lugar interno, sin ver el paisaje, absorta en mis pensamientos obsesivos.

Hoy, por fortuna, tengo ese recuerdo. Y viajo por la vida viajando, o me quedo quedándome. Estoy, pues, estando. Presente, mirando de verdad, sintiendo lo que sienta -feo o bonito- sin tratar de escapar de ello.

Me gusta caminar así, caminando, sintiendo cada paso, dándome cuenta del camino y sus paisajes, de la gente a mi alrededor, de sus expresiones y de lo que dicen sin hablar. Me gusta la gente tanto como las montañas o el mar. Me gusta escuchar sus voces tanto como disfruto el sonido de las olas o los relámpagos en medio de una tormenta. Y viajar, con los sentidos y el criterio abiertos para conocer a aquellos que viven lejos de mis caminos cotidianos, se vuelve para mi una experiencia mucho más intensa todavía.

Estoy lista. Las maletas ya están cerradas y al lado de la puerta. Binoculares y mapas empacados. Y mientras mi casa, anfitriona por sí misma, acoge con cariño a esos amigos que se atreven a visitarme hasta cuando no estoy, me transformaré en huésped de otros corazones al otro lado del mundo.

Es un enorme privilegio poder cruzar océanos y continentes y conocer lugares a los que no pertenecemos. Una aspiración perseguida por nuestros ancestros que, en tiempos remotos o era imposible o implicaba invertir toda una vida -y arriesgarla en el intento. Hoy, la asombrosa tecnología nos permite hacerlo con tal facilidad, que hermos perdido la perspectiva: nos sentamos, cerramos los ojos, y cuando los abrimos hemos recorrido medio planeta. Tomamos la maleta y bajamos en lo que parecería otro mundo con total naturalidad. Sí, me sigue asombrando. Para mí que soy incapaz de explicar cómo hace un armatoste con ese peso para volar y alcanzar velocidades increíbles, sigue siendo un acto de magia que me arroba.

En dos días abordo esa misteriosa máquina llamada avión y vuelo -¿leyeron con cuidado?, vuelo- al quinto continente. Desde allá, como si fuera lo más normal, escribiré este diario para seguirte compartiendo mis asombros.

Si tú también viajas, te deseo un feliz viaje... ¡viajando! Y si te quedas, te deseo feliz estancia, ¡quedándote de verdad! Aquí "nos vemos".

viernes, 2 de diciembre de 2011

Un viaje, muchas direcciones

Dreamtime Sisters
by Colleen Wallace Nungari


Zarpemos

Territorios desconocidos

me guiñan un ojo.


Ahora mismo dejé la maleta a medio hacer. Salgo en dos días a uno de los viajes más largos que he hecho en mi vida. Voy al otro lado del mundo, por circunstancias familiares. Y por circunstancias personales, inicio este viaje geográfico al mismo tiempo en que estoy comenzando un inesperado viaje interior.

De pronto, cuando me sentía segura de haber conquistado mi soledad, me sorprendió un vendaval que me tiró de la cima y me dejó de nuevo tambaleándome en la incertidumbre. ¡Qué susto! Por fortuna, sucedió justo cuando estaba por iniciar esta travesía hacia el quinto continente. Una oportunidad para cambiar el foco y recobrar-me.

Iba a hacer un blog para compartir esta aventura por Australia y Nueva Zelanda, pero he decidido que 23 blogs son suficientes por ahora. Y que ya que este viaje es tan significativo en más de un sentido, bien cabría en Aquí Viviendo el recuento de la experiencia. No sólo como una aventura de vacaciones, sino como parte de la aventura de estar viva, de ser yo, ésta que sueña, que planea, que concreta, que viaja, que reencuentra, que explora, que contagia de entusiasmo a mis hijos en este caminar; sino también ésta que de pronto se tropieza y no es capaz de levantarse ágilmente y sacudirse las rodillas para seguir andando, sino que se siente vulnerable, sola o perdida en los momentos más inoportunos (como éste).

Así que aquí cojuntaré todo. Mi viaje a la tierra del Tiempo del Ensueño; mi viaje como espacio para compartir con mis hijos; mi viaje como camino ocioso para reencontrar el sendero de vuelta a casa, a mi misma y finalmente, mi viaje como parte del Experimento vivencial 365 días, en el que participo.

Te invito a seguirlo. Démosle vida de nuevo a Aquí Viviendo, que ha estado más bien hibernando durante algún tiempo. Como diría Miguel A. Ponce, te invito a acompañarme a este viaje, como una forma de acariciar al mundo, de acariciarnos como parte de él.

martes, 13 de septiembre de 2011

No se me escapó, yo la perdí

Esta mañana se me escapó la luna. La vi fugazmente, en un espacio entre los árboles al salir de mi estacionamiento. Se veía hermosa, blanca traslúcida, dejando adivinar el azul celeste tras de ella, como una pastilla de azúcar a punto de diluirse en el agua. Me obligué a mirar hacia adelante y seguí manejando hacia mi destino y pensé: la busco en cuanto llegue, se ve preciosa! Pero minutos después, cuando llegué a dejar a los niños a la parada del transporte escolar, mi mente ya había recorrido tantos otros vericuetos alejados del presente que lo olvidé. Para cuando regresé a la casa y volví a acordarme, Ella ya se había diluido en el océano celeste y yo me perdí del deleite de llenarme los ojos con su presencia.  Cuántas cosas más me pierdo por no estar presente cada instante de mi día? "La presencia plena nos ayuda a hacer conciencia de los patrones de evasión habituales y condicionados que tiene nuestra mente, y nos permite probar una manera alternativa de estar en el mundo. Esta alternativa es posar nuestra atención en los que está sucediendo en el momento presente, los sonidos que capta el oído, las sensaciones que tiene nuestra piel, los colores y formas que atrapa la mirada. La presencia plena nos ayuda a estabilizar el corazón y la mente para que no sean arrasados por las cosas inesperadas de la vida. Si practicamos la presencia plena con paciencia y durante el tiempo suficiente, terminaremos por estar genuinamente interesados en todo lo que pasa, sentiremos curiosidad por lo que podemos aprender incluso de la adversidad, y en ultima instancia, incluso de nuestra muerte.". (1) Para empezar, no volveremos a perdernos una luna llena, o una mirada especial de la persona que amamos. (1) Bays, Jan Chozen. How to train a wild elephant and other adventures in Mindfulness.

sábado, 27 de agosto de 2011

Disfrutar cada paisaje, como un niño

Pintura de Brian Andreas

Nos despedimos esta mañana. De nuevo. Fue una de esas despedidas que comparten un dolor punzante en el corazón y la gratitud por el encuentro, por breve que sea. Cuesta acostumbrarse al cambio, una y otra vez. Parece que nunca terminamos de aprender que eso es la vida, una secuencia de paisajes que se transforman a cada momento.

Pero creo que es un aprendizaje tardío, no innato. El más pequeño de esta familia, de 4 años recién cumplidos, fue quien nos consoló y nos recordó lo importante: "Tranquila, hermanita. Recuerda que papá está en tu corazón..." Luego, nos hizo reir a carcajadas con sus juegos y ocurrencias. El toma con naturalidad todo lo que sucede. Se adapta y no voltea hacia atrás, sigue viviendo lo que viene, con la misma intensidad que lo hizo ayer y sin preguntarse ¿por qué? (Todavía....) ¡En gerundio, pues!

No sé en qué momento se acaba esa naturalidad para estar sin reservas. Pero me gusta atestiguarla, para que, cuando sea necesario, se la cuente y lo inspire a cultivarla, como él me inspiró esta mañana a cultivarla en mi. Finalmente, y aquí de nuevo parafraseo a Byron Keaty: amar lo que es es la mejor forma de ser feliz.







lunes, 11 de julio de 2011

Me duele México, querido Mane

Para Mane
y por todos los sueños posibles
que nos dejó encargados

Es la hora de la luz, querido Mane. Para ti es la hora de la luz. Para ti, hermano caminante de esta tierra, compañero entrañable de utopías, maestro de convicciones y congruencia, ejemplo de mago que materializa sueños, gratísima compañía de charlas, de debates, de cómplices carcajadas por todo lo posible, entrañable amigo de la vida.

Hoy estoy triste por lo que ya no compartiremos en esta afortunada existencia que cruzó nuestros caminos. Estoy indignada porque alguien se atrevió a tomar tu vida, y con ello desgarró el corazón de tantos que te queremos. No estoy en paz con este desenlace, no estoy conforme con tu muerte prematura. Porque sé todos los caminos que aún recorrías y los que te faltaban. Porque habíamos muchos que seguíamos tus pasos, a quienes inspirabas. Porque eres uno más de los tantos que han muerto impunemente en nuestro triste México. Porque hay una realidad terrible que nos cubre como sombra maligna: vivimos en un país que ya no es capaz de garantizar la seguridad de sus ciudadanos, su libre tránsito por calles y carreteras, la vida pacífica para quienes por elección propia o circunstancia de vida estamos aquí, en vez de buscando refugio en tierras ajenas.

Tengo un nudo en la garganta desde ayer que supe que te habían matado. Tu muerte habría sido dolorosa de cualquier manera, pero saberte arrebatado de la vida por las deplorables condiciones que vive nuestro México, me enerva, me abruma, me indigna, me rebasa, me asquea.

Tú nos enseñaste una y otra vez, con el ejemplo, que las soluciones venían desde abajo, desde nosotros mismos, con acciones concretas, con trabajo, con solidaridad, con compromiso, con la palabra sincera y la dignidad del que no pide, sino que da y propone, y sueña y transforma y no sólo dice sino que hace.

Mane, hoy me siento con las manos vacías, amigo. Pero lo que aprendí de ti, Maestro, vive en mi corazón de irremediable idealista. Y no dejaré que se apague, en tu memoria, y porque quiero ser parte del sueño posible que transforme a este país a través de la cultura, como hacías tú con cada paso.

Mi corazón contigo siempre, Mane querido. Descanza en paz, que dejaste un ejército completo de luchadores pacíficos persiguiendo los mejores ideales.


martes, 14 de junio de 2011

Lejana compañía

Estación Espacial Internacional 2011
Picture of the Day, Sitio de la NASA

En este momento en que me como un mango y miro tranquila a la pantalla pensando cómo iniciar esta entrada, hay un hombre allá arriba -en el espacio, literalmente, no en ningún tipo de cielo mitológico-, dándose de topes contra la pared del transbordador apostado en la Estación Espacial Internacional, porque borró una pantalla de error del monitor de su computadora. Su contraparte en la Tierra, le pidió que le sacara una foto a su pantalla para ver si podían identificar el error que le impide hacer correctamente el log in.

¿Cómo lo sé? Porque lo acabo de escuchar. Sus voces, los bips que las separan, y el gis permanente del micrófono abierto en Houston se han vuelto una compañía cotidiana en mi vida. Así es, mi computadora por alguna causa que desconozco, funciona como una especie de radio que capta la señal que comunica a Houston con la Estación Espacial. A veces los escucho hablar en inglés, otras veces creo que en ruso. A menudo sólo se reportan unos con otros, otras veces arreglan problemas, reportan fallas o piden coordenadas. Sus voces suenan monótonas, más las que provienen de Houston que las que provienen del espacio. Algunas veces bromean, se ríen, pero la mayor parte hablan en un idioma técnico del que no entiendo gran cosa.

Hoy, lo juro, hablaban sobre unas bolsas que contenían zapatos para Ron y para Satoshi, etiquetadas "USOS 1 y USOS 2", y que los astronautas ¡no encontraban! Mike, desde Houston, les informó en dónde podían encontrarlas, y le sugirió preguntarle también a sus contrapartes rusas que tienen más tiempo ahí y que podrían orientarles. Fue una de esas conversaciones en donde se escuchan las sonrisas dibujadas en los rostros... ¡Hasta en el espacio hay que saber en dónde dejamos los zapatos!

Tenía mis dudas acerca de que realmente fueran la Estación Espacial. Llegué a pensar que podría tratarse simplemente de un sobrenombre para un radioaficionado, pero el día de hoy terminé de convencerme. ¡Recibo una señal del espacio! Ron, el operador en guardia de la tripulación, respondió a la pregunta que le hiciera Houston "Position?" con un "Facing Houston, facing the Earth". Lo dijo como cualquier cosa.. como decir, estoy parado enfrente del semáforo de Insurgentes y el Eje 6. Pero mi corazón dio un vuelco.

Estoy escuchando voces del espacio... mi sueño de siempre. Claro, yo imaginaba ver un OVNI proveniente de Marte o más allá, pero esto es quizás lo más cercano a mi fantasía que tendré en la vida. Y no nada más a la mía.... muy cercano a la fantasía/objetivo de mi hija, que está convencida de querer ser astronauta.

Hasta antes de hoy en que confirmé mis sospechas, quería deshacerme de esa transmisión intrusa en mi computadora. Hoy, Sabina me rogó que no la quitara, y yo he de confesar que me siento acompañada desde un lugar cercano a las estrellas, al menos a la luna, o al menos a mis sueños.

Ellos no saben que me acompañan. ¿A quién acompañaré yo sin saberlo? ¿Y tú? Por si las dudas, mantengámonos amables, positivos y con sentido del humor.

lunes, 4 de abril de 2011

Huelga de palabras por la paz

Tras dar lectura a las palabras que le escribió a Juan Francisco, su hijo de 24 años que fue brutalmente asesinado hace una semana en el estado de Morelos, el poeta Javier Sicilia declaró que dejará la poesía.

El mundo ya no es digno de la palabra
nos la ahogaron adentro
como te asfixiaron
como te desgarraron a ti los pulmones
y el dolor no se me aparta
sólo queda un mundo.

Por el silencio de los justos
sólo por tu silencio, Juanelo
el mundo ya no es digno de la palabra
es mi último poema,
no puedo escribir más poesía
la poesía ya no existe en mi. Y es comprensible.

Y es comprensible. El dolor indescriptible y la impotencia de perder un hijo víctima del crimen organizado y de la ineptitud de las autoridades responsables de nuestra seguridad, acalla no sólo la voz de cualquier padre, sino también su pasión por la vida. Y en el caso de Sicilia, su voz es su poesía.

Pero no tiene porque acallar la de quienes estamos alrededor y nos solidarizamos con las víctimas y sus familias. Como poeta y amante de las palabras, como creyente de su poder de transformación y de sensibilización, te exhorto a no callar tu voz. Te exhorto a hablar, a denunciar, a gritar si es necesario, a escribir, a cantar, a encontrar la manera de ser escuchado y decir ¡Ya basta!

Suelo escribir sobre mis sentimientos, mis paisajes internos o externos, sobre lo que me mueve el alma y me inquieta la mente. No soy ninguna experta en política, pero sí sé e intuyo, que lo que estamos viviendo en nuestro país ya sobrepasó los límites de lo aceptable. Y también sé, porque lo he visto en los libros de historia y en las noticias, que las cosas no cambian a menos de que la transformación provenga de los afectados.

No sé como se procede en estos casos. No sé qué es lo que debamos hacer para convertirnos en agentes de transformación. Pero escucho voces indignadas con propuestas pacíficas a las que voy a unirme. Y a las que te invito a atender.

Marchemos por la paz en México, por el alto a la violencia,
mañana, miércoles 6 de abril.

Sé que habrá marchas en Cuernavaca, Ciudad de México, Puebla, Monterrey, Guadalajara, Guanajuato, Xalapa, Veracruz y Saltillo, Manzanillo y Mérida. Investiga en tu ciudad, y si no lo hay ¡organízala en twitter o en FB ya!

Ultimamente hemos hablado mucho de los japoneses, y de la forma tan especial que tienen de ver la vida y de enfrentar la adversidad. Como tal vez sepas, cuando ellos organizan una huelga, no dejan de trabajar, sino que doblan sus jornadas y generan una sobreproducción. Desde mi trinchera de poeta propongo lo mismo a todos aquellos que amamos las palabras.

En solidaridad con Javier Sicilia, pongámonos en huelga de palabras: escribamos el doble, por la paz y la justicia en nuestro mundo. Y si eres poeta, no dejes de alimentar al mundo tan herido, con la sanadora substancia de la poesía...¡lo necesita tanto!

¡Voy por ti, Juanelo!

viernes, 11 de marzo de 2011

Tiembla la tierra y el corazón

Y el mundo se detiene. Un instante, quizás, en un lugar del mundo, para millones de almas. Millones que son apenas unos cuantos en este mundo inmenso. Pero sucede. De pronto nada importa, sólo el deseo de que esto pase, sólo el deseo de seguir vivo, sólo el miedo y el anhelo.

Y luego el silencio. Pasa el temblor, el terror, el peligro de muerte inminente. Queda el desconcierto. Y el darse cuenta de que era una ilusión. El mundo no se detuvo. Siguió girando, ahora alterado y temeroso. Ahora triste y desconcertante. Transformado. Como siempre, en realidad, sólo que hoy lo notamos.

Cuando sucede que al abrir los ojos nos enteramos de que algo terrible sucedió en el mundo, entramos en shock. Nos compadecemos de corazón de quienes están sufriendo, damos gracias por estar bien y de este lado del mundo. Apreciamos lo que tenemos, mientras sentimos el corazón encogido por quienes no tuvieron la misma suerte.

Es un momento de compasión, de corazón abierto, de gratitud. Es un momento de oportunidad para el amor.

Hoy tenemos dos opciones: quedarnos pasmados frente al televisor mirando como autómatas las mismas imágenes terroríficas del temblor y los tsunamis de Japón, sintiéndonos impactados y vulnerables. Lo que suele paralizar y dejarnos en el miedo. O contactar desde lo más profundo con ese dolor y ser amor en cada paso y parpadeo de nuestra vida. El amor es movimiento. Nos hace buscar la manera de apoyar a los afectados, y también actuar amorosamente en nuestro entorno inmediato, en esta vida que tenemos y que esta mañana estaba intacta.

Te invito a hacer un ejercicio de amor y gratitud, al tiempo que enviamos luz, fuerza y los recursos a nuestro alcance para nuestros hermanos en Japón.

miércoles, 19 de enero de 2011

Mirando el cielo

La historia se cuenta en guerras, la vida en desgracias, el día en problemas... ¡qué formas tan sutiles tenemos de mirar el punto negro en la hoja en blanco!

Hace algunos años tuve la oportunidad de asistir a una boda hindú en Calcuta. Disfruté muchísimo el evento, por todos los rituales tan exóticos, por su espiritualidad, por su colorido, por su alegría.

Y luego vino el viaje. Aprovechamos para conocer algunas de las ciudades principales de la región de Rajasthan, incluídos Udaipur con su hermosísimo palacio en medio de un lago, Jaipur con su increíble arquitectura y diminutas ventanitas, la belleza de la ciudad abandonada de Fatehpur Sikri, y la majestuosidad del famoso Taj Mahal.

Cuando volví de mi viaje, cargada con miles de fotos hermosas, algunos saris de seda y deliciosos sabores nuevos en la memoria y el paladar, venía triste. Triste es poco, ¡deprimida! No podía quitarme de la mente las imágenes de cientos de niños pordioseros, con sus caritas sucias y llenas de moscas, flaquitos y mugrosos rogándonos limosna cada diez pasos. No podía dejar de pensar en las mujeres, enfundadas en sus saris coloridos, cargando en la cabeza sacos de material para la construcción en cualquier calle; no podía olvidar a los mutilados que salían en cada esquina, a los perros con sarna como rebaños en las calles; no podía quitarme la tristeza de todo lo que no podía hacer para ayudar a tantos millones de personas en desgracia...

Así, cuando una señora en un encuentro casual me preguntó ¿qué te pareció la India? Yo le respondí con mi lacónico recuerdo impregnándome la voz "Fue un viaje muy difícil, lloraba todo el día mirando la miseria ahí, a la mano y a la vista, me deprimí muchísimo". Ella me sorprendió con su respuesta: "Mira, es que hay dos formas de visitar la India, mirando el suelo o mirando el cielo", dijo categórica. "Yo fui mirando el cielo, y ha sido uno de los mejores viajes de mi vida".

Su afirmación fue una enseñanza que hoy recupero con esta reflexión. También hay esas mismas formas de contar la historia, la vida, el día.... a partir de las guerras entre los pueblos, o de la fraternidad humana, a partir de las desgracias o de las bendiciones, a partir de los problemas o de las oportunidades. ¡Mis recuerdos del viaje a la India estaban centrados en lo doloroso! Mi memoria discriminaba las miradas profundas, las sonrisas sinceras, la alegría contagiosa aún en la pobreza, la belleza de la gratitud de esa gente que, con todas sus carencias, agradecían postrados en el piso por lo que sí tenían...

Hoy te invito a ver -en tu entorno y en tu interior- los monumentos en lugar de las ruinas, a optar por los motivos para sonreír, en vez de aquellos para lamentarnos, a contar pero sobre todo a vivir la vida desde la dicha de estar vivos, desde el gozo de aprender, desde la capacidad de ver la belleza y la bondad implícitas en cada experiencia.

¿Qué tal empezar por recordar todas las veces que nos hemos enamorado más que todas las veces que nos hemos decepcionado? ¿Cómo contarías hoy tu día, si lo hubieras caminado mirando el cielo?

miércoles, 5 de enero de 2011

Porque ya casi no duele

La ausencia de dolor es maravillosa. Y, salvo cuando estamos inmersos en el dolor, ¡la damos tan por sentada! Un dolor de muelas, un calambre, una jaqueca, un cólico, nos hacen perder el equilibrio, la capacidad de disfrutar el momento, hasta de respirar fluidamente... Cuando por fin desaparece, sonreímos de oreja buscando a quién agradecer el milagro.

Y así nos pasa con todo. No solemos darnos cuenta de la abundancia, hasta que sentimos la carencia. No solemos vivir con el corazón lleno de gratitud, hasta que se cruza en nuestro camino una pérdida irremediable y, sólo entonces, caemos en cuenta de lo mucho que apreciábamos eso que perdimos.

Supongo que es nuestra naturaleza. Pero esas pérdidas, esas carencias, ese dolor nos presentan la oportunidad de reconocer lo que antes había, y con ello, lo que aún tenemos. Nos regalan instantes de lucidez para recordar lo bendecidos que somos con el puro hecho de estar vivos, más los infinitos añadidos que tenemos cada uno en nuestra existencia.

Hoy, después de una buena dósis de analgésicos, me deshice de un dolor casi insoportable. Y me siento renovada, viva, tranquila, feliz. Con tanto por lo que decir gracias, hoy doy gracias por que no me duele nada (o bueno, casi nada!) ¡Qué bendición!

Y ¿tú?, ¿de qué das gracias este día?


lunes, 27 de diciembre de 2010

La incertidumbre: una oportunidad



En los últimos años ha habido ciertas ideas que le han dado sentido a mi búsqueda personal de forma muy puntual: integridad en el 2008; soledad gozosa en el 2009; aquí y ahora en el 2010. Y estos últimos días, sin buscarla, la palabra incertidumbre se ha colado en mi conciencia de una forma diferente a como la había percibido siempre.

Para mi, incertidumbre era una palabra incómoda, que me causaba miedo, ansiedad, desasosiego. No obstante, las lecciones de vida del año que está por terminar me han dejado una enseñanza importante: es verdad, tal y como lo dicen los sabios de todos los caminos, la incertidumbre es la única realidad. Vivimos parados en ella, por más que nos esforcemos en construir la fantasía de la estabilidad, en planear el futuro como si estuviera en nuestras manos saber qué sucederá, como si pudiéramos garantizar siquiera que estaremos vivos dentro de un segundo.

En este año sentí que se me caía el mundo en más de una ocasión, y sobreviví. Pensé que nunca podría olvidar, y olvidé. Pensé que nunca podría perdonar, y perdoné. Pensé que nunca podría adaptarme a mi nueva realidad, y me adapté. Pensé que qué bueno que había logrado todo eso, porque así era ahora mi vida, y no iba a cambiar... ¿y adivina qué? Volvió a cambiar. En el momento más inesperado, de la forma más inverosimil. Casi no termino de salir de mi asombro, y al mismo tiempo pienso: ¿pues qué esperabas? Si tú ya sabes que todo cambia, todo el tiempo...

En este preciso momento, incertidumbre me parece una palabra emocionante, interesante, intrigante e infinita: abre todas las posibilidades. No me asusta, no me quita paz, ni me hace sentir ganas de acabar con ella. Por el contrario, la encuentro inspiradora y estimulante.

Me gusta la palabra incertidumbre para el 2011. El concepto será: Incertidumbre es oportunidad.


jueves, 16 de diciembre de 2010

Caminando coincidencias



¿Cuántos caminos hubieron de trazarse para que tú y yo coincidiéramos?, ¿cómo fue, como es, como será? Cuenta Cortazar que, al igual que en su obra maestra, Rayuela, él conoció a una mujer con quien, sin ponerse de acuerdo, se encontró en la misma esquina de París, en donde los protagonistas de su novela coincidieron en una escena similar. (No te pierdas la serie Imaginantes que comparto abajo).

Mi vida, como seguramente la tuya, está construida sobre coincidencias. Encuentros inesperdos, cambios de planes que provocan lo inimaginable, retrasos que nos evitan la muerte o que cambian para siempre nuestras vidas. El orden del caos.

La incertidumbre me asustó siempre. Hoy, de forma inexplicable, la encuentro emocionante. Mi vida está por dar un giro importante. Lo sé, lo intuyo. Mis decisiones de los últimos años lo han ido preparando. Aún no acaba el 2010, y de pronto quisiera recorrer "el cassette" hasta el final del 2011 para ver qué sucedió.

Pero por fortuna, no se puede. No queda más que vivir el instante, dejar que la vida fluya y que los días me lleven, paso a paso, hasta el último mes del siguiente año. Entonces, me deleitaré reconociendo los vericuetos de la vida, y seguro agradeciendo una vez más todas las coincidencias que me han de llevar a mi futuro.

Feliz cierre de ciclo... recapitulemos.

Imaginantes: "Encuentro con el azar" Julio Cortazar

martes, 14 de diciembre de 2010

La vida es un salto en paracaídas... o muchos.

Pues aquí viviendo se me pasaron los días sin encontrar el camino hacia mis blogs. Han sido días llenos de revoluciones externas e internas. De cambios inminentes, inesperados, inevitables o voluntarios. Todo a la vez, supongo.

¿Alguna vez te tiraste de un paracaídas? Yo sí, en tres ocasiones. A veces ni yo lo creo, pero lo hice. Me entrené en la mayor de las inconciencias, en un taller que ofrecieron en la universidad. Hice mi primer salto "estático" (es decir, con un paracaídas militar que se abre por sí solo a unos cuantos segundos de haber saltado de la avioneta), absolutamente emocionada, con el miedo taimado por el entusiasmo que da la ignorancia. En el último momento pensé que no me atrevería, pero ya no tenía alternativa, salté y por obra y gracias de mi buen karma, todo salió bien. El paracaídas se abrió y mi grito de terror se perdió en la inmensidad del cielo por el que de pronto me encontraba cayendo a no-sé-cuántos-muchísimos kilómetros por hora. Como en un suspiro vi la tierra acercarse vertiginosamente, vi la copa de un árbol -el único árbol en kilómetros- casi en el mismo instante en que rodé por el piso a un laditito del tronco. Y se acabó. Lo había logrado.

Mi segundo salto lo hice por puritito orgullo. Iba más aterrada que en el primero, dado que ya sabía lo que se sentía: ¡vértigo suicida! Sin embargo, qué satisfacción sentí cuando llegué Y el tercero, simplemente no me explico por qué lo llevé a cabo. Pero en el instante en que me encontraba en medio de la nada llegué a la conclusión de que no tenía necesidad alguna de seguir pasando por ese estrés. Y di por terminada mi carrera como paracaidista.

Así han sido estos días... algunos como primeros saltos, otros como segundos, otros como terceros. Saltos al vacío de lo desconocido, saltos al vacío de lo conocido, saltos que no quiero repetir, o que sé querré repetir eternamente... Cambio. Y en ese ir y venir de mi vida y sus paisajes, perdí el paso de bloguera comprometida.

Pero aquí estoy, de nuevo, retomando la carrera y encantada de que sigas ahí para acompañarme en el camino. (Y ¡gracias a Hana por jalarme las orejas!)

Un día de estos me animo y me aviento en Parapente.... ¡ya te contaré!

viernes, 19 de noviembre de 2010

Hacerse cargo

A veces no puedo, a veces no quiero, a veces sólo tengo ganas de parar, de respirar profundo y de encontrar algo hermoso en qué posar mis ojos. Y lo hago. También eso es haceme cargo, de mis necesidades más profundas y vitales: las internas.

Y está bien, lo sé. Y puedo soltar mi autoexigencia y mis expectativas... sólo ser, sólo estar. También eso pasa. Y está bien.

Te deseo un instante como éste: de fluir, de soltar. Un instante de paz.

martes, 2 de noviembre de 2010

Muertos y vivos


Altares, flores, copal, Mahakala, caballitos de mezcal, sal, azúcar, incienso, pan de muerto, chocolate, Tara Blanca, papel picado, un Boddisatva, luz y las fotos de mis once muertitos más queridos, se hacen presentes este Día de Muertos. Mi altar es ecléctico, como mi vida, como lo que creo, lo que hago, lo que siento.

Estos son días intensos en mi vida, momentos de transición -¡como todos, supongo!-, de pasos firmes, con propósito, aún si no siempre con una dirección tan clara. Cuando me siento bien, cuando tengo ganas de reir, de volver a soñar, de creer, de alzar el vuelo, sé que mis pasos caminan con buen rumbo, y me siento tranquila, en paz.

Hoy, en mis plegarias, pediré por mis muertos, y por mis vivos. Por mis muertos porque es su día, por mis vivos porque es nuestro tiempo. Esta noche brindo por partida doble.

¡Feliz día de muertos, vivos!


lunes, 18 de octubre de 2010

Me siento viva



Están regando el pasto. Desde mi ventana veo la lluvia menudita que genera el aspersor, regando diamantes luminosos por todo el jardín. También hace arcoiris imposibles a la altura de mis ojos, y es evidente que riega, no agua sino vida.

No regamos a diario. Tratamos de ahorrar agua y mantener al mismo tiempo este pequeño paraíso verde y fresco. Y la tierra es tan noble, la vida tan empecinada y el clima de este lugar tan benévolo, que hasta las plantas más arrinconadas retoñan sin preguntar. El platanar sigue regalándonos pencas como si no quisiéramos comer nada más en todo el año. Y ahora también está el papayo, que ya tiene un fruto que promete colorido y dulzura, y unas cuantas flores que pronto darán paso a más regalos como éste.

Pero hoy, me he quedado embelesada con el pasto... el verde pasto. Que parece querer decirme a gritos: !vive, yo invito! Siente el placer del agua fresca, del sol, de la mañana, de las luciérnagas cuando entra la noche, de la luz de luna, del viento a media noche.... ¡vive!

Y sí... hoy me siento viva.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Del otoño y sus parvadas



Entró el otoño. Y así se siente, como si hubiera entrado hecho una ráfaga de ocres y de cielos azules. Anuncia su llegada con orgullo y elegancia. Es tiempo de cosecha, de trabajo, de recompensa. Me encantan los colores del otoño, tan cálidos y ecuánimes, tan contundentes. En el otoño tengo ganas de caminar y dejarme envolver por el paisaje, tengo ganas de té caliente, de lectura al aire libre, de estrenar una pashmina y de escribirle cartas a la vida.

Aún no hace frío... pero vendrá pronto. Por eso me gusta esta estación, me recuerda que hay que vivir ahora, en este instante, ahora que es evidente que mi corazón late, que aún poso mis ojos en un horizonte colorido, que escucho el crujir de las hojas, que siento a mi cabello danzar con este viento fresco.

También es un tiempo de transición. Los árboles dejan caer las hojas secas, sueltan lo que ya no sirve, se preparan para el silencio del invierno, necesario para renacer. Los pájaros lo notan, pronto habrá demasiada quietud y frío. Mejor emigran.

Y esa es mi sensación. Yo también quiero dejar caer lo que no ilumina mi vida, lo que ensombrece mi mirada, lo que no me sirve. Una limpieza del entorno, del espacio propio, y del alma se vuelve inminente, necesaria. He estado organizando armarios y sacudiéndome el corazón. Llegará el silencio, el invierno. Pero no tengo miedo. Ya sé que todo pasa. Hasta lo que parece eterno.

Bienvenido el otoño y su cosecha, su luna llena, y sus parvadas de aves surcando los cielos con rumbo al sol.

lunes, 13 de septiembre de 2010

Mi gato y mis ganas de cantar

Tengo un gato residente y como siete visitantes subrepticios. No sé si Timothy invita, o si es su apatía la que los deja pasar. Me sorprende cómo mira al desfile de mininos atragantarse con sus croquetas, cómodamente apoltronado en mi silla de ratán. Tal vez ya es un gato viejo, maduro y cansado -tiene unos 6 años-, o tal vez es un felino de carácter tibio. Quizás sea un poco cobarde, o tal vez se trate del efecto secundario de su esterilización. O probablemente sólo sea que él ya comió y no siente necesidad alguna de defender las sobras... ¡total!, cuando vuelva a tener hambre sólo tiene que maullar un rato junto a mi ventana.

Dicen que todo se parece a su dueño... y yo me pregunto, ¿será?

He de decir que, aunque a veces me siento agotada de mi rol de mamá en sus 40s, sigo teniendo suficiente energía para defender lo mío. Tibia, no es una palabra que usaría para autodefinirme. Aún no estoy esterilizada y de un tiempo para acá sé que soy valiente. En cuanto a sentirme satisfecha como para no tener necesidad de defender las sobras... ¡tampoco es mi caso! Por el contrario, suelo estar en una eterna búsqueda de aquello que me falta, de lo que todavía no alcanzo, de lo que aún quiero conquistar.

Finalmente está lo de maullar junto a una ventana. ¡Eso sí que me gustaría! Aunque sustituiría la palabra maullar por la palabra cantar. Y hacerlo junto a una ventana o caminando por el campo sería un detalle sin la más mínima importancia. ¡Cómo se me antoja tener esa bellísima capacidad de alzar la voz con armonía y entonar una canción para arrullar al alma!

En conclusión, creo que en este caso, la dueña no se parezca a su gato... Y es muy bueno que además tenga conciencia de ello, porque si creyera que sé cantar como él aúlla, no dejaría dormir a los vecinos con tanta serenata. Pero como sí lo sé, mejor les comparto el hermoso canto de alguien que sí canta bellísimo, con la canción con la que esta noche mantendría a mi vecindario con insomnio: El Caracol, interpretada por Susana Harp.